Enfoque de la regulación y Economía Política Internacional: ¿paradigmas convergentes?


Enfoque de la regulación y Economía Política Internacional: ¿paradigmas convergentes?

Pablo Bustelo

Artículo en la Revista de Economía Mundial, nº 8, 2003

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Enfoque de la regulación y
Economía Política Internacional:
¿paradigmas convergentes?
Pablo Bustelo
Profesor titular de Economía Aplicada
Universidad Complutense de Madrid
E-mail: bustelop@ccee.ucm.es
Artículo en la Revista de Economía Mundial, nº 8, 2003
Resumen:  Este  trabajo  expone  las  líneas  generales  del  enfoque  francés  de  la
regulación   (especialmente   en   su   análisis   de   las   relaciones   económicas
internacionales)    y    de    las    teorías    anglosajonas    de    Economía    Política
Internacional  (EPI),  dos  corrientes  de  particular  alcance  por  haber  generado
numerosas  contribuciones  teóricas  y  empíricas.  Se  insiste  en  el  interés  del
enfoque  primigenio  de  la  regulación  y  de  la  EPI  heterodoxa.  La  conclusión
principal  es  que  esos  dos  paradigmas  tienen  varios  aspectos  interesantes  en
común,  algunos  de  los  cuales  son  además  especialmente  sugerentes  para
analizar la globalización. No obstante, son necesarios algunos ajustes en las dos
corrientes   con   miras   a   establecer   un   programa   común   y   fecundo   de
investigación.
Abstract:  The  article  outlines  the  main  features  of  the  French  regulationist
approach  (especially  as  regards  to  its  analysis  of  international  economic
relations)  and  of  the  Anglosaxon  theories  of  International  Political  Economy
(IPE),  two  strands  of  thought  of  particular  usefulness  as  a  result  of  their
numerous  theoretical  and  empirical  contributions.  The  paper  stresses  the
interest of the original regulationist approach and that of the heterodox branch
of  IPE.  The  main  conclusion  is  that  these  two  paradigms  deliver  several
common  insights,  some  of  which  are  also  particularly  appropriate  to  analyze
globalization. However, some adjustments are needed in both schools in order
to develop a shared and far-reaching research program.
Clasificación JEL: B50, O11, P16.
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1. Introducción
Hasta los años sesenta del siglo XX los análisis de la economía mundial
reflejaban   por   lo   general   una   concepción   dicotómica:   por   una   parte,   se
estudiaban  las  economías  nacionales,  generalmente  sin  referencia  alguna  a  su
integración  en  el  espacio  internacional  y,  por  la  otra,  se  investigaban  las
relaciones   económicas   internacionales,   entendidas   como   relaciones   entre
agentes independientes situados en territorios nacionales distintos.
En  los  últimos  cuarenta  años,  el  fuerte  crecimiento  de  esas  relaciones
(internacionalización) se ha combinado con la aparición y el desarrollo de dos
fenómenos nuevos, como son la multinacionalización y la mundialización de la
economía  mundial.  Por  un  lado,  la  consolidación   de   agentes   (empresas,
instituciones financieras, …) que organizan sus actividades de forma coordinada
en varios territorios nacionales (las unidades multinacionales o transnacionales)
ha   creado   espacios   homogéneos   que   atraviesan   y   superan   las   fronteras
nacionales.  A  causa  de  ello,  una  parte  importante  de  las  llamadas   relaciones
internacionales  ya  no  son  relaciones  entre  agentes  de  distinta  nacionalidad  y/o
independientes    (ejemplos    de    ello    son    el    comercio    intrafirma    o    la
subcontratación internacional). Por otra parte, el auge de las interdependencias
y  la  aparición  de  un  sistema  universal  de  referencia  para  las  actividades
económicas han globalizado una parte notable de la economía mundial, lo que ha
conferido   a   ésta,   especialmente   desde   los   años   ochenta,   una   dimensión
totalmente nueva.
De   resultas   de   esas   dos   mutaciones,   los   análisis   tradicionales   se
volvieron obsoletos y tuvieron que ser sustituidos por nuevos enfoques. Ante
la  creciente  complejidad  de  la  economía  mundial,  una  primera  reacción
consistió en multiplicar los estudios empíricos sobre el auge de las inversiones
en el extranjero, las empresas multinacionales y sus filiales, las sociedades de
comercio  internacional,  la  banca  transnacional,  etc..  La  mayor  parte  de  esos
estudios  analizó  el  auge  de  esos  fenómenos  sin  apenas  hacer  referencia  a  su
interdependencia recíproca y, sobre todo, a la relación entre su comportamiento
y los cambios tanto en las economías de origen de esas inversiones, empresas o
sociedades como en la propia economía mundial.
Una segunda reacción fue bastante  más  ambiciosa:  consistió  en  intentar
prolongar  la  interpretación  de  la  economía  mundial  en  términos  de   sistema.
Como  es  bien  sabido,  cabe  destacar  dos  grandes  variantes  originales  de  la
interpretación  sistémica:  el  modelo  centro-periferia  y  el  análisis  de  la   economía-
mundo. El primero fue popularizado durante los años cincuenta por Prebisch y
la CEPAL y en los años sesenta y setenta por la escuela de la dependencia. El
segundo,  algo  más  sofisticado,  fue  sugerido,  desde  principios  de  los  setenta,
por I. Wallerstein en términos de un sistema mundial en el que la  economía-mundo
capitalista es determinante de todo cuanto acontece a nivel planetario, desde la
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creación  de  las  instituciones  del  mundo  moderno  (los  Estados)  hasta  las
posibilidades de desarrollo de cada una de sus zonas.
Esos dos planteamientos, tendentes a dar respuesta a los fenómenos de
multinacionalización   y   mundialización,   respectivamente,   de   la   economía,
hicieron aportaciones de gran calado pero sólo lograron su objetivo a medias,
pues  se  trató,  en  buena  medida  y  desde  el  principio,  de  discursos  rígidos,
deterministas  y  parciales.  Incluso  si  se  acepta  que  sus  proposiciones  eran
acertadas en el contexto de los años setenta (lo que puede ser mucho suponer),
lo   cierto   es   que   prácticamente   nadie   discutiría   que,   con   el   auge   de   la
globalización en los ochenta y noventa, han ido perdiendo progresivamente no
sólo vigencia sino incluso pertinencia.
Pocas  alternativas  rigurosas  surgieron  ante  las  insuficiencias  de  esos
planteamientos. Dos de ellas pueden ser consideradas interesantes, en el doble
sentido  de  que  han  puesto  sobre  la  mesa  asuntos  trascendentes  y  de  que  han
generado   una   abundante   literatura   teórica   y   empírica.   La   primera   está
compuesta por el llamado  enfoque  de  la  regulación  (ER)  y  sus  incursiones  en  el
campo  de  las  relaciones  económicas  internacionales.  La  segunda  es  la  de  las
teorías anglosajonas de  Economía  Política  Internacional (EPI).  Los  dos  enfoques
dieron sus primeros pasos a mediados de los años setenta pero tuvieron escasa
repercusión inicial entre los especialistas en economía mundial, quizá porque
el  primero  no  tenía  un  planteamiento  internacional  explícito  y  porque  el
segundo procedía sobre todo de los especialistas en Ciencia Política.
2.  El  enfoque  de  la  regulación  y  su  aplicación  a  la  economía
mundial
Como es bien conocido, los orígenes del ER se hallan en los trabajos de
algunos economistas franceses, especialmente de los agrupados en el Groupe de
Recherches sur la Régulation en Economie Capitaliste (GRREC) de la Universidad de
Grenoble  (G.  Destanne  de  Bernis,  fundamentalmente)  y  de  los  vinculados  al
Centre d’Etudes Prospectives et de Recherches d’Economie Mathématique Appliquée à la
Planification  (CEPREMAP)  de  París  (M.  Aglietta,  R.  Boyer  y  A.  Lipietz  son  los
más conocidos)1.
La  regulación  se  define  como  el  conjunto  de  regularidades  de  origen
institucional  que  compensan  la  inestabilidad  inherente  al  sistema  económico.
Es la forma mediante la cual se impone la unidad a través de la lucha de sus
                                                               
1 Obras de referencia son Boyer (1986) y Boyer y Saillard (dirs., 1995). Sobre la
difusión  del  enfoque  de  la  regulación  en  el  mundo  anglosajón,  véase  Jessop
(1990  y  1997).  El  análisis  que  se  sugiere  en  las  páginas  siguientes  se  inspira
principalmente en el de la escuela del CEPREMAP, cuyas conclusiones parecen
bastante menos rígidas que las de la escuela de Grenoble. Sobre las diferencias
entre las dos escuelas, véase Bustelo (1994).
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elementos  (Lipietz,  1983:  36).  Los  fundamentos  teóricos  del  ER  son  diversos
(véase Coriat, 1994 y, en castellano, Bustelo, 1994). Así, el ER:
·   tiene  una   filiación   fundamentalmente   marxista,   en   el   sentido   de   que
comparte  la  concepción  holista,  dialéctica  y  materialista  del  marxismo,
aunque expurgada de los dogmas de su versión althusseriana;
·   combina esos postulados con otros extraídos de los análisis de la regulación
en  disciplinas  distintas  de  la  Economía  de  autores  como  H.  Atlan,  G.
Canguilhem, I. Prigogine o R. Thom (Lichnerowicz et al., 1977);
·   parte  de  una  revisión  crítica  de  la  tradición  macroeconómica  keynesiana  y
kaleckiana;
·   se inspira en un institucionalismo renovado así como en la escuela histórica
de los Annales.
2.1. Régimen de acumulación, modo de regulación y sus fases
El  ER  considera  que  un  modelo  de  desarrollo  tiene  tres  componentes
principales:  régimen  de  acumulación,  modelo  de  organización  del  trabajo  y
modo de regulación (véase Lipietz, varios años).
Por  régimen  de  acumulación  se  entiende  el  modo  de  transformación
conjunta y compatible de las normas de producción, de distribución y de uso.
Es  decir,  un  régimen  de  acumulación  permite,  durante  un  periodo  largo,
adecuar  las  transformaciones  de  las  condiciones  de  producción  y  los  cambios
en las condiciones de consumo.
Un  régimen  de  acumulación  descansa,  a  su  vez,  sobre  un  modelo  de
organización  del  trabajo  (o  paradigma  tecnológico)  que  es  el  conjunto  de  los
principios generales de organización del trabajo y de uso de las técnicas.
Por  modo  de  regulación  se  entiende  el  conjunto  de  normas,  implícitas  o
explícitas, de mecanismos de compensación, de dispositivos de información, …,
que   ajustan   permanentemente   las   expectativas   y   los   comportamientos
individuales a la lógica de conjunto del régimen de acumulación. Esas normas
se  refieren  fundamentalmente  a  la  forma  de  determinación  de  los  salarios,  al
tipo  de  competencia  entre  empresas  y  al  modo  de  gestión  monetaria.  La
estabilidad o reproducción duradera de un régimen de acumulación depende
de su articulación con un determinado modo de regulación.
Pueden distinguirse, a lo largo de la historia de los países desarrollados
en los últimos 150 años, dos regímenes de acumulación sucesivos:
·   el   régimen   de   acumulación  extensiva   (hasta   la   Primera   Guerra   Mundial)
caracterizado  por  la  búsqueda  de  una  mayor  escala  de  producción,  con
normas productivas constantes y centrado fundamentalmente en el sector de
bienes de producción. El carácter extensivo de la acumulación se ponía de
manifiesto  en  un  débil  aumento  de  la  productividad  del  trabajo,  un  creci-
miento del consumo debido casi exclusivamente al aumento de la población
y  un  incremento  de  la  tasa  de  actividad  o  del  número  total  de  horas
trabajadas;
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·   el régimen de acumulación intensiva (desde los años veinte) caracterizado por la
profundización de la reorganización y de la mecanización del trabajo, en el
sentido de una mayor productividad laboral y de un mayor coeficiente de
capital fijo, centrada en el consumo de masas, es decir, en la producción de
bienes  de  consumo  para  la  gran  mayoría  de  la  población.  El  carácter
intensivo  de  la  acumulación  se  manifestó  en  la  fuerte  aceleración  del
aumento  de  la  productividad  del  trabajo,  el  crecimiento  del  consumo  per
cápita y la reducción de la tasa de actividad y de la duración del trabajo.
Los  modelos  de  organización  del  trabajo  sobre  los  que  descansan  esos
regímenes de acumulación son el taylorista y su prolongación fordista.
El taylorismo consiste en la introducción de la división social del trabajo
en  los  talleres  y  en  la  separación  entre  trabajo  y  saber  del  trabajador.  La
aplicación  práctica  del  taylorismo  a  finales  del  siglo  XIX  permitió  un  fuerte
aumento del rendimiento e hizo posible la entrada masiva en la producción de
trabajadores  no  cualificados,  es  decir,  de  una  mano  de  obra  con  salarios  más
bajos  y  poco  organizada.  Pese  a  esas  ventajas,  el  desarrollo  del  taylorismo  se
vio  limitado  por  dos  hechos:  en  primer  lugar,  los  trabajadores  conservaban  el
control de su trabajo, con lo que podían hacer fracasar los intentos patronales de
hacer más intensa su actividad y, en segundo lugar, las diferentes operaciones
eran ejecutadas independientemente las unas de las otras, de tal manera que la
dirección  de  la  empresa  estaba  obligada  a  una  vigilancia  permanente  de  cada
obrero para asegurarse de que respetaba el ritmo establecido.
El fordismo, como proceso de trabajo, es una prolongación del taylorismo
y  consiste  en  la  profundización  tanto  de  la  división  del  trabajo  como  de  la
separación  entre  el  trabajador  y  su  capacidad  intelectual,  mediante  la  intro-
ducción  de  la  cadena  de  producción  semiautomática  o  línea  de  montaje.  Esa
introducción  lleva  hasta  el  límite  la  parcelación  del  trabajo,  permite  lo  que
Coriat  (1979)  denominó  una  vigilancia  panóptica  y  supone  un  aumento  del
rendimiento y un mayor aprovechamiento de las economías de escala.
El  fordismo  tiene  en  realidad  dos  vertientes.  La  primera,  su  vertiente
productiva, es la que se refiere a su carácter de proceso de trabajo, es decir al
taylorismo  más  la  mecanización  semiautomática  (Coriat,  1979).  La  segunda
vertiente  es  su  vertiente  regularizadora,  relativa  a  la  adaptación  continua  del
consumo de masas a los incrementos de productividad.  Esa adaptación supone
ventajas   para   trabajadores   y   empresarios.   Los   primeros   sólo   aceptaron
someterse al proceso fordista de trabajo a cambio de un aumento continuo en
sus salarios reales. Los segundos vieron en el incremento constante del poder
de compra una garantía contra las crisis de sobreproducción. De ahí que, en los
años veinte y treinta del siglo XX, se llegase a lo que Lipietz llama el compromiso
fordista, es decir, el compromiso global y organizado entre patronal y sindicatos
para redistribuir a los asalariados parte de las ganancias de productividad.
No obstante, ese compromiso no fue suficiente o llegó demasiado tarde
para evitar la Gran Depresión de los años treinta, que se debió a la inadaptación
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del modo de regulación imperante entonces, el competitivo, al nuevo régimen
de acumulación intensiva.
Cabe distinguir históricamente dos modos de regulación:
·   el modo de regulación competitiva  (hasta  los  años  treinta)  caracterizado  por:  1)
un  ajuste  a  posteriori  de  la  producción  y  de  los  salarios  en  función  del
movimiento  de  los  precios;  2)  una  fuerte  sensibilidad  de  los  precios  a  las
condiciones de demanda y 3) una gestión monetaria y crediticia basada en la
circulación  de  moneda  de  crédito  y  en  el  estricto  respeto  de  la  disciplina
monetaria;
·   el modo  de  regulación  monopolista  (desde  la  Gran  Depresión)  definido  por:  1)
una determinación a priori de la producción y de los salarios en función, ya
no de los precios, sino de las ganancias de productividad; 2) un mecanismo
de  formación  de  los  precios  basado  en  la  posibilidad  de  que  las  grandes
empresas administren sus precios mediante la aplicación  de un  mark-up,  con
independencia  relativa  de  las  fluctuaciones  de  demanda  y  3)  un  tipo  de
gestión de la moneda y del crédito basado en la sustitución de la moneda de
crédito  por  la  moneda-mercancía  metálica  y  en  la  posibilidad  de  relajar
sistemáticamente la disciplina monetaria.
2.2.   La   articulación   entre   acumulación   y   regulación   en   la   historia   del
capitalismo desarrollado
Hasta  la  Primera  Guerra  Mundial,  la  acumulación  se  basó  en  la  simple
extensión  de  las  capacidades  de  producción  sin  cambios  notables  en  la
productividad  y  en  la  composición  de  capital  y  la  regulación  consistió  en  el
clásico ciclo de negocios, de forma que se aseguraron tanto un crecimiento de la
tasa  de  plusvalía  al  menos  igual  al  de  la  composición  orgánica  del  capital  (y,
por  tanto,  un  mantenimiento  o  un  crecimiento  de  la  rentabilidad),  como  el
seguimiento de una senda de crecimiento exenta de grandes sobresaltos.
La fase siguiente (años veinte) correspondió a la sustitución  progresiva
de la acumulación extensiva por un régimen intensivo, gracias a la fuerte ola de
innovaciones  técnicas  de  principios  de  siglo  y  a  su  aplicación  masiva  a  los
procesos  de  producción  (taylorismo  y  embriones  de  fordismo).  Los  locos  años
veinte fueron testigos de un  boom originado por el prodigioso crecimiento de la
plusvalía   relativa.   Sin   embargo,   esa   transformación   en   el   régimen   de
acumulación no se vio acompañada por una mutación equivalente del modo de
regulación, que conservó su carácter competitivo, de forma que los incrementos
de productividad superaron ampliamente al modesto crecimiento del poder de
compra  de  los  asalariados,  generándose  las  tendencias  hacia  una  crisis  de
realización o de sobreproducción. La Gran Depresión de los años treinta puede
interpretarse como la primera crisis de la acumulación intensiva y la última de
la regulación competitiva.
La   edad   de   oro   del   crecimiento   (1945-1970)   fue   el   resultado   de   la
generalización  del  fordismo  como  régimen  de  acumulación,  es  decir,  por  una
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afortunada  combinación  de  los  principios  de  la  organización  científica  del
trabajo con el consumo de masas, esto es, por lo que Boyer (2000b) denomina
“una  sincronización  sin  precedentes  entre  la  producción  y  el  consumo  en
masa”.  Los  incrementos  consiguientes  de  la  productividad  del  trabajo  fueron
superiores a los del capital fijo per cápita y el aumento de los salarios reales se
combinó,  para  generar  un  aumento  constante  del  poder  de  compra,  con  la
consolidación de una red de instituciones estabilizadoras del crecimiento de las
rentas nominales de los asalariados (convenios colectivos, Estado del bienestar,
etc…), propia del modo de regulación monopolista.
La   confluencia   de   la   acumulación   intensiva   y   de   la   regulación
monopolista  sentó  las  bases  de  un  ciclo  virtuoso  de  productividad  y  salarios
reales (directos e indirectos). El aumento de la productividad permitió superar
los obstáculos derivados del deterioro de la rentabilidad (crisis de valorización)
mientras  que  el  crecimiento  del  poder  de  compra  impidió  que  se  registrasen
problemas  de  insuficiencia  de  demanda  (crisis  de  realización).  El  crecimiento
de posguerra se caracterizó, por tanto, por una gran estabilidad.
La crisis que se produjo a finales de los años sesenta y principios de los
setenta  en  los  países  desarrollados  obedeció  principalmente  a  una   crisis  del
fordismo interna (un análisis clásico es el de Granou  et al., 1979), aunque ésta se
vio   amplificada   por   la   creciente   internacionalización   de   las   relaciones
económicas.
La crisis del fordismo fue el resultado de un crecimiento  del  coste  laboral
superior al de la productividad del trabajo y de un incremento del capital fijo
respecto del número de asalariados.  El  rechazo,  por  parte  de  los  trabajadores,
de las implicaciones de la organización científica del trabajo (separación entre
competencia    profesional    y    ejecución    descualificada,    subordinación    del
trabajador a la jerarquía empresarial y a la máquina, …) provocó una oleada de
conflictos laborales desde finales de los años sesenta, que desembocaron en un
crecimiento   de   los   costes   laborales   directos.   Además,   aumentaron   las
cotizaciones  sociales  a  cargo  de  las  empresas  y  las  pensiones  de  jubilación
mientras  que  se  reducía  la  jornada  laboral.  Al  mismo  tiempo,  disminuyó  el
crecimiento  de  la  productividad  del  trabajo,  como  resultado  inevitable  de  un
proceso  de  trabajo  que,  al  deshumanizar  al  trabajador,  le  volvió  a  la  larga
ineficiente.
La reducción de la rentabilidad generó una menor inversión y un mayor
desempleo. Además, la repercusión del incremento de los costes en los precios
provocó  un  proceso  de  inflación  de  costes,  autoentretenido  por  las  alzas
salariales.  El  desempleo  y  la  presión  para  disminuir   los   salarios   reales
provocaron una contracción de la demanda, si bien la crisis de los años setenta
no puede considerarse una crisis de insuficiencia de demanda sino una crisis de
estructura productiva (o de oferta).
La  dimensión  internacional  de  la  crisis  intensificó  su  impacto.  La
creciente  competencia  internacional  de  países  como  Japón,  Alemania  o  los
nuevos países industriales (hacia los que se reorientó la demanda mundial), los
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efectos  de  los  dos  shocks  del  petróleo  y  las  estrategias  de  redespliegue
internacional   de   las   empresas   multinacionales   supusieron   la   pérdida   de
coherencia   de   los   espacios   nacionales   como   base   privilegiada   de   la
acumulación  fordista.  Los  distintos  países  perdieron  soberanía  nacional  en  lo
referente a la regulación de sus economías. El empeoramiento de las balanzas
comerciales impuso estrategias de enfriamiento económico que agudizaron los
problemas de demanda.
En  los  años   ochenta,   el   doble   impacto   de   la   globalización   y   del
agotamiento del fordismo como forma de organización del trabajo pusieron en
cuestión  la  viabilidad  de  la  rigidez  de  la  relación  salarial  en  términos  de
competencia y de rentabilidad. Una primera vía de salida fue la flexibilización
de los mercados de trabajo (o del contrato salarial) junto con un control directo
jerárquico  de  la  actividad  de  los  trabajadores  (lo  que  se  denomina  paradigma
neo-tayloriano). En palabras de Lipietz (2001: 24):
“esa  vía  fue  la  elegida  por  los  países  anglosajones,  Europa
meridional  y  Francia:  una  ‘brasilianización’  resultante  en  el  ‘neo-
taylorismo’,    que    mantuvo    los    principios    tayloristas    de
organización  del  trabajo,  reforzada  por  las  tecnologías  de  los
ordenadores,   pero   sin   las   ventajas   que   el   fordismo   ofrecía
previamente a los trabajadores”.
Una vía alternativa fue la de la movilización de los recursos humanos (la
implicación  de  los  trabajadores  en  el  proceso  de  producción)  con  miras  a
alcanzar  aumentos  de  productividad  (paradigma  neo-fordista).  La  implicación
negociada de los trabajadores (en empresas, como en Japón; en ramas, como en
Alemania  y  el  norte  de  Italia;  en  la  sociedad  entera,  como  en  los  países
escandinavos)  se  alcanzó  con  la  contrapartida  del  mantenimiento  (aunque
relativo)  de  las  ventajas  sociales.  En  el  caso  de  Suecia,  por  ejemplo,  puede
hablarse de paradigma kalmariano o dalmatiano en honor de las primeras fábricas
automovilísticas (de la empresa Volvo) reorganizadas según el principio de la
implicación negociada de los trabajadores.
En suma, los países de la OCDE, en los dos ejes rigidez/flexibilidad del
mercado  de  trabajo  y  grado  de  implicación/control  de  los  trabajadores  en  el
proceso de trabajo, se empiezan a distinguir de la siguiente manera:
“Estados  Unidos  y  Gran  Bretaña,  que  otorgan  prioridad  a  la
flexibilidad  y  que  ignoran  la  implicación,  algunos  países  que
introducen   la   implicación   negociada   de   manera   individual
(Francia), el Japón que practica la implicación negociada a nivel de
las  (grandes)  empresas,  Alemania  que  la  practica  a  nivel  de  las
ramas  y  Suecia  que  es  el  país  que  se  encuentra  más  cerca  de  eje
kalmariano” (Lipietz, 1995a: 4).
A  finales  de  los  años  ochenta  se  podía  incluso  pensar  que  el  fordismo
llegaría a ser sustituido por un post-fordismo en el que se relacionaría el consumo
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de  masas  con  la  diferenciación  de  producto,  mediante  la  implantación  de  los
métodos  de  trabajo  del  toyotismo  o  del  ohnismo  (Boyer  y  Durand,  1993).  Sin
embargo, la larga recesión japonesa de los años noventa ha puesto en solfa esa
salida a la crisis del fordismo.
Por  el  contrario,  se  ha  impuesto  una  doble  pauta  (Lipietz,  2001):  en
EEUU, Reino Unido, Francia y la Europa meridional un modelo neo-tayloriano
(o flexible, o también liberal-productivista) seguido, en los países anglosajones,
de un régimen dominado por las finanzas (Boyer, 2000b); en el resto de Europa
continental y en Japón, un modelo menos liberal, estrictamente fordista o neo-
fordista. La primera pauta da lugar a una sociedad en forma de reloj de arena
(sablier), en la que hay un número creciente de ricos, cada vez más pobres y un
importante adelgazamiento de las clases medias. La segunda pauta genera un
sociedad en forma de globo aerostático (montgolfière), en la que hay pocos ricos,
pocos pobres y muchos en el medio. La primera forma ha sido estudiada, para
el caso de Francia, por Lipietz (1996).
2.3. El enfoque de la regulación y el análisis de la globalización
Al dar prioridad al análisis de las formas institucionales sobre una base
nacional, el ER tendió, desde el principio, a desatender la internacionalización
de la división de trabajo y, por tanto, de la acumulación (aspecto subrayado por
Robles, 1994 y reconocido explícitamente por Boyer, 2000a).
Sobre  la  globalización,  los  autores  de  esa  escuela  parten  de  una  doble
constatación.  En  primer  lugar,  desde  los  años  ochenta  se  ha  registrado  una
creciente  internacionalización  comercial  y  productiva,  manifestada  en  el  auge
de los intercambios de bienes y de la inversión directa extranjera. En segundo
término, la característica más llamativa (y la más avanzada) de la globalización
económica es la globalización financiera, debida a la desreglamentación de los
sistemas  financieros  nacionales,  al  auge  y  a  la  difusión  de  innovaciones
financieras y a la desterritorialización de algunos mercados financieros (Boyer,
1999).
Las  aportaciones  principales  del  ER  pueden  resumirse  en  las  dos
siguientes:
·   a   diferencia   del   planteamiento   liberal,   para   el   que   la   globalización
conduciría a una creciente homogeneidad a escala mundial, se registra una
divergencia  de  los  regímenes  de  crecimiento  en  los  principales  países
desarrollados   (Boyer,   1999   y   2001)   y   una   nueva   forma   de   división
internacional  del  trabajo  entre  los  países  ricos  y  las  naciones  del  Tercer
Mundo  (Dunford,  2000).  Esas  evoluciones  dan  lugar  a  nuevas  formas  de
interdependencia entre economías nacionales;
·   se está generando un régimen internacional dominado por las finanzas, que
es  manifiestamente  inviable,  a  la  vista  de  la  amplitud  y  del  alcance  de  las
crisis   financieras   recurrentes.   El   sistema   financiero   internacional   es
estructuralmente inestable (Aglietta, 1998).
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Mientras  que  los  países  anglosajones  se  adentran  en  un  régimen  de
crecimiento   impulsado   por   la   financiarización   (también   llamado   régimen
patrimonial),  en  el  que  las  finanzas  y  la  inserción  internacional  dominan  la
relación  salarial  y  las  relaciones  entre  el  Estado  y  la  economía,  los  restantes
países desarrollados intentan mantener un régimen fordista o neo-fordista.
En EEUU y el Reino Unido,
“numerosas  macro-fusiones,  movilidad  del  capital  entre  países,
presiones en la gestión empresarial, difusión de activos bursátiles
entre    una    mayor    fracción    de    la    sociedad:    todas    esas
transformaciones  han  sugerido  que  está  apareciendo  un  régimen
de acumulación dirigido por las finanzas. Tal régimen conduciría
a  un  modo  de  regulación  completamente  nuevo,  que  se  llama
actualmente  ‘la  nueva  economía’:  ese  régimen  combinaría  la
flexibilidad  del  mercado  de  trabajo,  la  estabilidad  de  precios,  el
desarrollo de sectores de alta tecnología, los auges bursátiles y la
disponibilidad de crédito para sostener el rápido crecimiento del
consumo, así como un optimismo permanente en las expectativas
de las empresas. La capacidad de cada país para adoptar y aplicar
tal    modelo    sería    una    variable    básica    de    los    resultados
macroeconómicos  y  determinaría  el  lugar  de  ese  país  en  una
economía mundial jerarquizada gobernada por la difusión de un
régimen financiarizado de crecimiento” (Boyer, 2000b: 116).
En  los  restantes  países  desarrollados,  no  se  registra  tal  proceso.  La
tenencia de acciones y otros títulos financieros en relación al ingreso disponible
no  es  tan  importante.  El  consumo  no  se  financia  en  la  misma  medida  con  el
recurso  al  crédito.  Los  mercados  bursátiles  no  son  mecanismos  tan  esenciales
de distribución del capital y de control de la dirección de las empresas. Todo
ello   no   es   necesariamente   un   inconveniente   en   términos   de   desempeño
económico  y  de  equidad  social  (Boyer,  2000a).  Durante  los  años  noventa,  la
productividad creció en Francia, Alemania o Japón casi al mismo ritmo que en
el  Reino  Unido.  Las  tasas  de  beneficio  empresarial  fueron  satisfactorias.
Además, la distribución de la renta es mucho más desigual en EEUU y el Reino
Unido que en el resto de los países desarrollados.
Se  registra  también  una  recontinentalización  de  la  economía  mundial
(Asia  oriental  alrededor  de  Japón,  América  en  torno  a  EEUU,  Europa  con  un
centro  en  Alemania)  que  se  debe,  en  primer  lugar,  a  que,  con  los  modos  de
gestión just in time, recobran importancia la distancia y los costes de transacción
y,  en  segundo  lugar,  a  los  intentos  de  regular  la  macroeconomía  mundial
mediante acuerdos entre vecinos (Lipietz, 1995a).
Aumenta la rivalidad entre los tres polos de la economía mundial por la
mayor orientación de la producción hacia los mercados internacionales, dado el
escaso  crecimiento  del  mercado  interior,  y  por  la  fuerte  competencia  por
11
realizar inversiones extranjeras en las economías emergentes y en los países en
transición.
Los países desarrollados se han  especializado  en  actividades  intensivas
en  trabajo  intelectual  y  cualificado  realizado  por  los  técnicos  que  R.  Reich  ha
llamado  analistas  simbólicos.  Esos  analistas  desempeñan  actividades  de  diseño,
consultoría técnica y financiera, información y comunicación, comercialización,
publicidad, servicios contables y de asesoría legal, etc.. Los países emergentes,
además  de  crear  más  industrias  intensivas  en  trabajo,  han  ampliado  su
actividad  hacia  la  producción  de  bienes  intermedios  y  de  capital  y  hacia  los
servicios financieros.
Aparece  así  una  tercera  división  internacional  del  trabajo  (DIT),  que  se
superpone  a  los  dos  anteriores  (Lipietz,  1995a).  La  primera  DIT  consiste  en  el
intercambio   de   productos   primarios   por   bienes   manufacturados,   ambos
obtenidos de forma diferente (por ejemplo, el comercio entre la Unión Europea
y  África).  La  segunda  DIT  se  produce  cuando  surge  una  especialización  en
diferentes tareas dentro de una misma rama y producidos de manera tayloriana
(por ejemplo, el comercio entre EEUU y los  dragones  asiáticos).  La  tercera  DIT
consiste  en  el  intercambio  de  bienes  similares  pero  fabricados  de  manera
distinta  según  el  paradigma  neo-tayloriano  o  neo-fordista  adoptado  por  los
países (por ejemplo, el comercio entre el Reino Unido y Alemania).
En  cuanto  a  los  efectos  de  la  globalización,  el  ER  los  analiza  de  la
siguiente manera. A escala nacional, la globalización provoca un aumento del
peso de los beneficios en la renta nacional así como un menor crecimiento de
los salarios respecto del de la productividad. Aumenta así el riesgo de crisis de
sobreproducción, riesgo que sin embargo se ve contenido por la existencia de
una  sociedad  salarial  (Estado  del  bienestar)  en  los  países  desarrollados.  A
escala internacional, la existencia de unos EEUU que ejercen de comprador de
última instancia y la creciente asalarización en las economías en transición y en
muchos   países   del   Tercer   Mundo   contienen   igualmente   el   riesgo   de
sobreproducción.
Con todo, para evitar un escenario de crisis generalizada (ante la quiebra
del Estado del bienestar, una eventual recesión estructural en EEUU y las crisis
financieras  recurrentes  en  las  economías  emergentes  y  en  transición),  Boyer
(2000a), propone:
·   un  nuevo  régimen  de  crecimiento  asentado  en  la  demanda  interna  y  en
inversiones en infraestructuras y no en la desinflación competitiva;
·   domesticar de nuevo, a escala mundial, las finanzas y el mercado para que
vuelvan  a  ser  medios  para  garantizar  el  bienestar  de  las  sociedades  y  no
sigan siendo fines por sí mismos.
En  suma,  el  ER  considera  que  la  globalización  no  es  un  fatalismo
económico  sino  el  resultado  de  una  elección  política  (Boyer  y  Drache,  eds.,
1996), tema en el que se acerca a algunos de los planteamientos de la Economía
Política Internacional.
12
2.4. Balance crítico
Pueden  resaltarse  algunas  ventajas  e  inconvenientes  de  las  propuestas
del ER. En cuanto a las ventajas, parece claro que es muy positivo su intento de
teorizar  el  desequilibrio,  de  combinar  tradición  clásica  y  grandes  heterodoxos
(Marx,  Schumpeter  y  Keynes),  de  relacionar  historia  y  teoría  económicas  y  de
tomar en consideración los aspectos sociales en el análisis económico. Además
de  esos  aspectos  generales,  algunos  economistas  anglosajones,  de  ordinario
extremadamente  escépticos  ante  las  aportaciones  intelectuales  francesas,  han
señalado  que  dos  son  los  méritos  principales  del  ER  (véanse,  por  ejemplo,
Ruccio, 1990 o Jessop, 1997 y 2000):
·   en primer lugar, la idea de que la acumulación capitalista no se autorregula,
es decir, no responde exclusivamente a una lógica interna de reproducción.
En   otros   términos,   la   acumulación   exige   la   presencia   de   un   marco
institucional (de un modo de regulación). Se trata de una concepción social y
no  reduccionista  del  proceso  de  acumulación  de  capital  que  hace  posible
una   saludable   superación   del   finalismo   del   marxismo   ortodoxo.   Los
regulacionistas, en palabras de Jessop (2000: 1),
“se   centran   en   los   conjuntos   históricamente   contingentes   de
mecanismos   y   prácticas   económicos   y   extra-económicos   que
permiten  que  se  registre  una  acumulación  relativamente  estable
en  periodos  relativamente  largos  a  pesar  de  las  contradicciones
fundamentales, tendencias a la crisis y conflictos generados por el
capitalismo”.
·   en segundo término, su intento de completar la dimensión internacional del
proyecto marxiano de investigación (los famosos e inexistentes libros 5 y 6
de El Capital acerca del comercio y el mercado mundiales), sobre la que los
regulacionistas han hecho algunas incursiones notables con, por ejemplo, el
concepto de fordismo periférico de Lipietz (1985) o algunos de sus análisis de
la globalización.
Sin  embargo,  el  ER  ha  suscitado  también  críticas  a  su  jerga  (y  a  cierta
obsesión   por   los   términos).   También   se   ha   acusado   al   enfoque   de   ser
funcionalista  y  simplista,  de  presuponer  que  la  acción  consciente  del  Estado
puede borrar las contradicciones del capitalismo así como guiar la acumulación
a  través  de  las  crisis  y  de  ser  políticamente  reformista.  Como  ha  señalado  un
crítico británico,
“el problema principal de la teoría de la regulación es que enfoca,
de  manera  unilateral,  la  regularización  como  un  proceso  socio-
político  en  marcha,  mientras  que  trata  las  inestabilidades  como
aspectos  tecno-económicos  y  relega  su  análisis  a  unas  pocas
simples proposiciones o fórmulas. Tal cosa ha hecho que la teoría
de  la  regulación  haya  sido  acusada,  por  partida  doble,  de  poner
13
demasiado énfasis en la estabilidad y de ignorar a los agentes. Los
economistas  neoclásicos  consideran  que  las  perturbaciones  en  el
equilibrio  se  sitúan  fuera  del  modelo.  Tales  perturbaciones  se
denominan shocks externos, cuya generación no es analizada. Los
teóricos de la regulación se toman las perturbaciones del sistema
más en serio pero, al tratar las influencias desestabilizadoras sólo
como factores técnicos o económicos, ponen demasiado énfasis  en
la  capacidad  de  las  normas  e  instituciones  sociales  reguladoras
para estabilizar la sociedad” (Friedman, 2000: 61).
Además, algunos autores de la escuela, ante las críticas de la Economía
convencional,  se  han  distanciado  de  los  presupuestos  iniciales  para  acercarse,
buscando  fundamentos  microeconómicos  aparentemente  más  sólidos,  a  la
Economía de las convenciones, provocando lo que Lipietz ha llamado un  gran
salto  hacia  atrás  (Lipietz,  1995b).  Jessop  (1997)  ha  descrito  el  debate  que  ha
generado   la   aproximación   de   algunos   autores   regulacionistas   a   unos
fundamentos    discutibles,    basados    en    el    individualismo    metodológico,
extraídos de enfoques de la elección racional, la teoría de juegos, los costes de
transacción y la Economía de las convenciones.
Por  añadidura,  Jessop  considera  que  el  ER  ha  tenido  un  doble  fracaso
relativo:
“ha fracasado en convencer a los economistas convencionales que
la  teoría  económica  debería  dejar  de  concebir  los  fenómenos
extraeconómicos como algo irrelevante o marginal, como aspectos
ceteris paribus; y ha fracasado en convencer a los científicos sociales
convencionales  de  que  la  acumulación  no  puede  explicarse  sin
referencia a mecanismos a la vez económicos y extraeconómicos”
(Jessop, 2000: 28).
Por  último,  y  este  quizá  sea  el  principal  inconveniente  del  ER,  sus
partidarios  todavía  no  han  desarrollado  de  manera  suficiente  la  dimensión
internacional de su análisis. El problema estriba en que, al haber nacido de un
intento de teorizar la evolución histórica de los países desarrollados, la escuela
de la regulación adolece de un sesgo metodológico que dificulta la elaboración
de conceptos para el análisis del capitalismo mundial.
3. La Economía Política Internacional
La Economía Política Internacional (EPI) o  International  Political  Economy
(IPE)  es  un  enfoque  sugerente  para  el  análisis  de  la  economía  mundial  y,  en
particular, de las relaciones económicas internacionales, sean éstas formuladas
en términos de economía internacional, organización económica internacional o
estructura  económica  mundial.  La  EPI,  siendo  relativamente  reciente,  se  ha
14
convertido   ya   en   una   materia   impartida   en   numerosas   universidades
anglosajonas y objeto de numerosos manuales o tratados2.
Resulta  sugerente  porque  parte  de  la  premisa  de  que  los  asuntos
mundiales  no  pueden  estudiarse  con  un  enfoque  monocausal  (económico  o
político, nacional o internacional, estatal o no estatal) puesto que lo económico
y  lo  político,  lo  nacional  y  lo  internacional,  y  los  Estados  y  los  agentes  no
estatales están estrechamente interrelacionados. Por tanto, la EPI es sobre todo
una  forma  nueva  de  abordar  problemas  complejos  en  el  sistema  mundial,
problemas que no pueden ser resueltos de manera satisfactoria por los análisis
estrictamente económicos o estrictamente políticos.
3.1. Definición, supuestos básicos e interés de la EPI
La  EPI  puede  definirse  de  manera  estricta,  esto  es,  como  subdisciplina
de  la  teoría  de  las  relaciones  internacionales,  o  de  forma  amplia,  como
disciplina,  con  todos  los  derechos,  en  las  ciencias  sociales.  Por  ejemplo,  para
Gilpin  (1975:  22),  la  EPI  es  el  estudio  de  la  “interacción  recíproca  ente  lo
económico y lo político en las relaciones internacionales”; para Milner (2000: 3),
la EPI es “una subdisciplina de la teoría de las relaciones internacionales que
trata  de  la  interacción  de  variables  económicas  y  políticas  en  el  sistema
internacional”. Por el contrario, para Kébadjian (1999: 3), la EPI es un “intento
interdisciplinario que pretende analizar la esfera de las relaciones económicas
internacionales centrada en los fenómenos de riqueza (…), teniendo en cuenta sus
articulaciones con la esfera de lo político, centrada en los fenómenos de poder”.
Hay  autores  que  defienden  una  interpretación  ecléctica  (amplia)  de  la
EPI: para Frieden y Martin (2001: 3), se trata de un enfoque que reúne “todos los
trabajos  para  los  que  los  factores  económicos  internacionales  son  una  causa  o
una consecuencia importantes”.
Existen partidarios de que la EPI se mantenga como sub-campo (subfield)
de la teoría de las relaciones internacionales (Gilpin, 1987): la EPI sería por tanto
una  subdisciplina  (admisiblemente  menor)  de  esa  teoría  y  se  interesaría  por
temas  como  la  política  económica  exterior,  las  organizaciones  económicas
internacionales, el comercio internacional o las políticas de tipo de cambio.
También  hay  defensores  de  la  EPI  como  una  nueva  (inter)disciplina
heredera  de  la  Economía  Política  clásica  y/o  radical  (Underhill,  2000).  En  tal
caso, la EPI sería una nueva disciplina dirigida específicamente al análisis de la
globalización.  Puede  incluso  defenderse  la  tesis  de  que  la  globalización  saca,
por así decirlo, a la EPI del marco de la teoría de las relaciones internacionales.
Los  supuestos  básicos  de  la  EPI  pueden  enumerarse  de  la  siguiente
manera (Underhill, 2000: 806):
                                                               
2  Algunos  manuales  y  recopilaciones  recientes  de  textos  son  Baylis  y  Smith
(eds., 2001), Brawley (1999), Cohen y Lipson (eds., 1999), Cohn (2000), Frieden y
Lake (eds., 2000), Kébadjian (1999) y Stubbs y Underhill (eds., 2000).
15
·   las esferas política y económica no pueden ser separadas de manera juiciosa
y  hacerlo  incluso  entraña  serios  inconvenientes  desde  el  punto  de  vista
analítico;
·   la  interacción  política  es  uno  de  los  medios  a  través  de  los  cuales  las
estructuras económicas se establecen y transforman;
·   hay  una  conexión  estrecha  entre  los  niveles  nacional  e  internacional  del
análisis y los dos no pueden separarse entre sí de manera aceptable.
El interés de la EPI reside principalmente en los tres aspectos siguientes.
En primer lugar, sus partidarios abordan temas de estudio muy diversos, como,
por   ejemplo,   la   globalización,   el   comercio   internacional,   las   finanzas
internacionales,  las  empresas  multinacionales,  la  integración  económica,  el
medio ambiente, el género y la inserción de grupos regionales de países en la
economía  mundial,  así  como  aspectos  nacionales  y  sub-nacionales  en  su
articulación  con  aspectos  globales.  Mientras  que  la  teoría  convencional  de  las
relaciones internacionales se centra en los Estados y en aspectos de seguridad,
soberanía  y  distribución  de  poder,  la  EPI  aborda  las  relaciones  Estado-
sociedad, los mercados, el dinero, la producción, el comercio, las finanzas, etc..
En     segundo     término,     la     EPI     tiene     un     importante     carácter
interdisciplinario, pues recoge aportaciones de la Economía, la Ciencia Política,
la  Sociología,  la  Historia,  la  Geografía,  los  Estudios  Empresariales  (business
studies), etc..
En tercer lugar, la EPI ha hecho un destacado esfuerzo metodológico, con
miras a buscar un análisis adecuado de la globalización y de sus efectos en las
estructuras nacionales, en los Estados (y sus opciones de política económica) y
en el sistema económico y político internacional. Por tanto, la EPI es punta de
lanza  de  que  lo  A.  Payne  ha  llamado  los  “estudios  sobre  globalización”
(globalization studies)3.
3.2. Genealogía de la EPI4
Puede  fecharse  el  inicio  de  los  estudios  sobre  EPI  a  principios  de  los
años   setenta.   Sobre   la   base   de   los   trabajos   de   R.   N.   Cooper   sobre   la
interdependencia   a   escala   mundial   y   de   R.   Vernon   sobre   las   empresas
multinacionales,  los  investigadores  procedentes  del  campo  de  las  relaciones
internacionales   (especialmente   en   EEUU)   o   del   campo   de   la   economía
internacional (principalmente en el Reino Unido) empiezan a tomar conciencia
de la importancia de los aspectos transversales y transnacionales en el sistema
mundial.  Puede  por  tanto  afirmarse  que  la  EPI  surge  de  la  necesidad  de
superar las distinciones conceptuales entre lo económico y lo político y entre lo
internacional y lo nacional.
                                                               
3 A. Payne, “Foreword”, en Germain (ed., 2000).
4  Surveys  de  interés  sobre  la  evolución  de  la  EPI  son  Katzenstein  et  al.  (1998),
Underhill (2000) y Woods (2001).
16
En 1971 R. Keohane y J. Nye coordinan un número especial de la revista
estadounidense International Organization, que sería publicado en forma de libro
un año más tarde (Keohane y Nye, eds., 1972). También en 1971, S. Strange crea
en  el  Reino  Unido  el   International  Political  Economy  Group  (IPEG),  tras  haber
publicado  un  artículo  que  criticaba  el  foso  entre  los  estudios  de  economía
internacional y los de relaciones internacionales (Strange, 1970). A finales de los
años  setenta,  Strange  coordina  un  número  especial  de  International   Affairs
(Strange, ed., 1976).
La EPI tradicional
La EPI estadounidense se inscribe en la herencia de los enfoques sobre
relaciones  internacionales  posteriores  a  la  segunda  guerra  mundial.  Como  es
bien  sabido,  pueden  distinguirse  tres  escuelas:  la  realista,  la  liberal  y  la
estructuralista.
La escuela realista considera que el sistema internacional descansa sobre
las relaciones de poder entre los Estados, de manera que el análisis pertinente
es  el  de  la  distribución  de  poder  a  nivel  mundial  y  consiguientemente  el  del
poder en términos de coerción. Sobre la base de los trabajos de autores realistas
como Hans Morgenthau y Kenneth Waltz, se desarrolló el enfoque neo-realista
que insistió en la importancia de la estructura del sistema político internacional,
incluyendo  las  interdependencias  económicas  y  técnicas,  para  explicar  el
comportamiento  de  los  Estados.  Autores  como  C.  Kindleberger  (1973)  y  R.
Gilpin  (1975,  1981,  1987)  desarrollaron  la  teoría  de  la  estabilidad  hegemónica,  en
virtud de la cual la hegemonía de una superpotencia permite una estabilidad
suficiente  a  nivel  mundial.  Esa  teoría  descansa  en  los  supuestos  de  que  el
Estado  dominante  dispone  de  la  capacidad  para  obligar  a  otros  Estados  a
seguir  sus  opiniones  y  de  que  la  cooperación  inter-estatal  se  manifiesta  en
organismos  internacionales  cuyo  poder  emana  únicamente  del  de  los  Estados
que los sustentan.
Por el contrario, la escuela liberal (o pluralista) insiste en las relaciones
de interés (mercantiles) entre los individuos, a través de los Estados y/o de los
mercados, que se consideran simples instrumentos para alcanzar fines sociales.
El   análisis   pertinente   es   el   de   los   acuerdos   mutuos   y   las   relaciones
contractuales entre los individuos, enfoque defendido, entre otros, por Robert
Dahl.  De  esa  corriente  surge  un  enfoque  neoliberal:  la   teoría  de  los  regímenes
internacionales de S. D. Krasner (ed., 1983, 1985) y de R. Keohane (1984, ed., 1986),
autor,  este  último,  procedente  de  las  filas  del  realismo.  Los  regímenes  se
definen como “principios, normas, directrices y procesos de toma de decisiones
políticas  en  las  que  convergen  las  expectativas  en  un  área  dada  de  las
Relaciones Internacionales” (Krasner, 1982: 186). Otros autores de ese corriente
son J. Ruggie y O. R. Young, así como, más recientemente, Gilpin (2000 y 2001),
autor originalmente partidario del realismo.
17
En  cuanto  a  la  escuela  estructuralista  (y/o  marxista),  subraya  que  lo
importante  es  el  análisis  de  la  estructura  económica  y/o  de  las  relaciones  de
explotación. A escala internacional existen relaciones asimétricas entre el centro
y  la  periferia,  cuya  evolución  deriva  de  las  necesidades  del  orden  capitalista
mundial y, por tanto, de los intereses de las clases dominantes. De ese enfoque
son  exponentes  el  enfoque  de  la  dependencia  (en  la  versión  de  Cardoso  y
Faletto)5 y el enfoque del sistema mundial de I. Wallerstein.
Mientras  que  los  enfoques  de  la  dependencia  y  del  sistema  mundial
reciben  fuertes  críticas  (y  no  sólo  desde  planteamientos  ortodoxos,  como  se
resume  en  Bustelo,  1998),  los  partidarios  del  realismo  y  del  liberalismo  se
enzarzan  en  importantes  polémicas.  Hay  que  recordar,  sin  embargo,  que  el
primer  intento  de  fusión  entre  los  planteamientos  realistas  y  liberales  se
encuentra  precisamente  en  Keohane  y  Nye  (eds.,  1972).  Algunos  autores  han
querido ver en una aportación posterior de esos dos autores (Keohane y Nye,
1977) la primera contribución genuina sobre EPI, por cuanto rechazaban la idea
de  la  competencia  estratégica  entre  Estados  y  la  sustituían  por  la  creciente
importancia de los aspectos económicos (vertiente liberal) y de la cooperación
entre Estados a través de los organismos internacionales (vertiente neo-realista),
al  defender  la  tesis  de  la  interdependencia  compleja.  Sin  embargo,  la  polémica
entre realismo y liberalismo se mantiene en los años ochenta y noventa (véase
Baldwin, ed., 1993).
En  cuanto  a  la  EPI  británica6,  cuya  trayectoria  es  en  muchos  aspectos
distinta de la de su homóloga estadounidense (Smith, 2000; Murphy y Nelson,
2001),  presenta  menos  controversias  teóricas  internas.  Se  distingue  de  la  EPI
estadounidense  en  que  considera  que  el  poder  no  se  concentra  sólo  en  los
Estados,  que  lo  político  y  lo  económico  no  pueden  ser  separados  y  que  las
estructuras  histórica,  política  y  económica  son  categorías  analíticas  centrales.
Sus   partidarios   se   muestran   contrarios   al   tipo   de   supremacía   política
estadounidense desde principios de los años setenta y a que lo R. Cox llamó el
hiperliberalismo  de  los  gobiernos  de  Reagan  y  Thatcher.  Defienden  la  utilidad
política de la EPI (“para algo y para alguien”). Además, analizan la estructura
histórica  del  poder,  que  depende  de  la  hegemonía  de  una  potencia  y  que
garantiza la estabilidad del orden mundial (enfoque neo-gramsciano de R. W.
Cox) o insisten en la autoridad  difusa (en los Estados, las empresas, los  lobbies,
los mercados, las mafias, etc.) y en el forma en que el poder estructural de los
                                                               
5  El  planteamiento  del  desarrollo  dependiente  de  Cardoso  y  Faletto  es,  como  es
bien sabido, sólo una de las escuelas del enfoque de la dependencia, siendo las
otras la del desarrollo del subdesarrollo (S. Amin, A. G. Frank, etc.) y la de los
teóricos procedentes de la CEPAL (C. Furtado, O. Sunkel, etc.). La primera fue
la única que tuvo cierta repercusión en EEUU. Véase Bustelo (1998).
6  En  realidad,  la  EPI  británica  engloba  a  investigadores  del  IPEG,  como  S.
Strange, F. Hirsch, R. Germain, R. Tooze y G. Underhill y a autores vinculados a
la Universidad de York (Ontario), como R. Cox y S. Gill.
18
Estados y otras instituciones se ejerce y, sobre todo, en la cuestión de a quien
beneficia (el planteamiento de S. Strange).
La  EPI  británica  se  distingue,  por  tanto,  por  sus  críticas  a  la  EPI
estadounidense  y  acaba  dando  lugar  a  publicaciones  como  la   Review   of
International Political Economy (RIPE, que se crea en 1994) y New Political Economy
(NPE,  creada  en  1996),  que  surgen  como  alternativa  a  la  más  conservadora
International  Organization.  Cuando  se  funda  la  RIPE,  sus  promotores  deciden
deliberadamente acoger a
“todas las escuelas de pensamiento que desafiaban la hegemonía
del   hiperliberalismo,   a   los   admiradores   eclécticos   de   Susan
Strange, a los que se habían unido a Cox en hallar conocimientos
sobre  la  economía  política  global  desde  los  trabajos  de  Antonio
Gramsci y de Karl Polanyi, a los dependentistas latinoamericanos
y a los representantes de varias escuelas de teoría tercermundista
del   sistema   mundial,   la   tradición   dominada   por   Immanuel
Wallerstein” (Murphy y Nelson, 2001: 400).
Conviene  destacar  las  aportaciones  de  Strange  (1988  y  1996),  de  Cox
(1987) y de Gill y Law (1988). Es de señalar también que la EPI británica se abre
enseguida a estudios nuevos, por ejemplo sobre género y medio ambiente.
Los  enfoques  estadounidenses  neo-realista  y  neoliberal  entran  en  crisis
en los años setenta y ochenta. La teoría de la estabilidad hegemónica aboga por
la  división  y  el  enfrentamiento  entre  Estados  mientras  que  la  teoría  de  los
regímenes  internacionales  defiende  un  orden  internacional  espontáneo.  Sin
embargo, durante esos años, hay muestras sobradas de una cooperación inter-
estatal  deliberada.  Además,  ambos  enfoques  tienen  unas  bases  comunes,
inscritas en la economía política neoclásica (planteamientos neo-smithianos en
el enfoque liberal y escuela del public choice en el enfoque realista), razón por la
que son muy criticados por los partidarios de un planteamiento no neoclásico.
Igualmente,  comparten  los  supuestos  de  la  separación  entre  lo  político  y  lo
económico  y  de  la  concentración  del  poder  en  manos  únicamente  de  Estados
considerados  como  agentes  racionales.  Los  primeros  años  setenta,  con  la
quiebra    del    sistema    de    Bretton    Woods    a    raíz    de    una    decisión
fundamentalmente política y la última fase de la guerra de Vietnam, muestran
claramente las limitaciones de esos planteamientos.
Desde los años ochenta la corriente dominante en la EPI estadounidense
(la neo-realista) se ve sujeta a los embates de la globalización. Lo internacional
debe ser sustituido por lo transnacional, lo interestatal por las relaciones entre
agentes   no   estatales   y   la   política   por   la   economía.   La   crítica   a   los
planteamientos  de  la  EPI  neo-realista  fue  expresada  por  S.  Strange  de  la
siguiente manera,
“la  autoridad  de  los  gobiernos  de  todos  los  Estados,  grandes  o
pequeños,   fuertes   o   débiles,   se   ha   visto   debilitada   como
consecuencia   del   cambio   financiero   y   tecnológico   y   de   la
19
integración  acelerada  de  las  economías  nacionales  en  un  única
economía global de mercado” (Strange, 1996: 14).
Una  reacción  de  los  partidarios  de  la  EPI  estadounidense  fue  la  de
abandonar  los  supuestos  realistas  que  habían  mantenido  en  el  pasado  y
empezar   a   considerar   que   las   relaciones   internacionales   dejan   de   estar
dominadas por los Estados y pasan a estarlo por el mercado. La globalización
económica habría provocado el paso de un mundo dominado por los Estados a
un mundo dominado por el mercado (Gilpin, 2000: 18).
La Nueva EPI
Otra  reacción,  más  sugerente,  de  los  teóricos  de  la  EPI  fue  la  de
recuperar el concepto de interdependencia compleja, lo que sienta las bases de una
nueva EPI o Economía Política Global (EPG) o  Global  Political  Economy  (GPE),
sobre la que es que gran interés la recopilación de Palan (ed.), 2000.
La nueva EPI se distingue de la anterior por no aceptar que los agentes
principales  son  los  sistemas  estatales,  esto  es,  unos  Estados  entendidos  como
unidades  unitarias  racionales  con  creencias  y  preferencias  determinadas.  En
otros     términos,     las     relaciones     son     relaciones     transnacionales      (las
interdependencias    entre    Estados    y    sus    sociedades)    y    no    relaciones
internacionales (entre Estados).
La nueva EPI también se distingue por su interés en recuperar las bases
de la Economía Política (neoclásica, neo-neoclásica o heterodoxa, esto es, clásica
y/o radical).
En  la  EPG  cabe  distinguir  dos  grandes  escuelas:  el  enfoque  neo-
utilitarista  de  la  elección  racional  y  el  post-racionalismo  o  constructivismo
social.  El  enfoque  de  la  elección  racional  considera  que  es  posible  determinar
cuáles son las preferencias y los intereses de los Estados y de otros actores. El
constructivismo social se pregunta por qué y cómo los Estados y otros actores
han llegado a tener unas preferencias y unos intereses determinados.
El enfoque  racionalista  puede,  a  su  vez,  dividirse  entre  los  partidarios
de la Economía Política de los agentes subestatales (sobre la base del enfoque
de  la  elección  racional  y  de  la  teoría  de  juegos  de  R.  Coase,  de  la  teoría  del
public choice de J. Buchanan, etc.) y los defensores del institucionalismo (sobre la
base de la teoría de los costes de transacción de R. Coase aplicados a agentes
estatales).
La  Economía  Política  de  los  agentes  subestatales  se  interesa  por  las
coaliciones,  los  grupos  de  interés,  los  lobbies,  los  burócratas,  etc.  entendidos
como  agentes  racionales  (que  buscan  maximizar  su  utilidad  en  el  sentido
neoclásico convencional o su satisfacción en el sentido de la economía política
positiva)  en  un  contexto  dado  de  incentivos  y  restricciones.  La  teoría  de  la
elección   racional   (y,   en   particular,   la   teoría   de   juegos),   desarrollada   en
Economía    por    R.    Coase,    genera,    cuando    se    aplica    a    las    relaciones
20
internacionales,  aportaciones  como  las  de  R.  Axelrod  sobre  la  cooperación
internacional. La teoría del public choice aplicada a las relaciones internacionales
tuvo como resultado el conocido trabajo de M. Olson sobre el auge y declive de
las naciones.
El  institucionalismo  evolucionista  aborda  las  relaciones  inter-estatales
desde  una  perspectiva  de  los  costes  de  transacción  de  R.  Coase  (tema  ya
abordado  por  Keohane,  1984  y  desarrollado  por  Milner,  1997).  Ese  neo-
institucionalismo    considera    que    los    regímenes    internacionales    sirven
principalmente  para  reducir  los  costes  de  transacción  (costes  de  preparar,
negociar  y  concluir  acuerdos)  por  lo  que  subsisten  en  ausencia  de  una  clara
potencia hegemónica (Keohane, 1984). Además, puesto que los Estados tienen
políticas  distintas  a  ese  respecto,  hay  que  tener  en  cuenta  las  influencias
políticas internas.
El   post-racionalismo   o   constructivismo   social   se   interesa   por   la
construcción  de  preferencias  en  función  de  identidades,  creencias  o  valores.
Reúne  tres  escuelas:  la  convencional  (J.  Ruggie),  la  crítica  (el  enfoque  neo-
gramsciano de R. Cox y S. Gill, el neo-estructuralismo de R. Palan, la economía
política crítica de la globalización, etc.) y la post-moderna.
La  escuela  convencional  defiende  que  la  naturaleza  humana  no  puede
aprehenderse  con  el  enfoque  racionalista  y  que  hay  que  estudiar,  desde  una
perspectiva  histórica  crítica,  cómo  surgen  nuevos  arreglos  y  cómo  interactúan
con las estructuras existentes y los agentes que participan en ellas.
La escuela crítica se interesa por los intereses presentes en una estructura
ideológica  condicionada  por  los  poderes  hegemónicos  (planteamiento  neo-
gramsciano de S. Gill y de R. Cox), defiende una propuesta neo-estructuralista
(Gills y Palan, eds., 1994) o hace una crítica, desde planteamientos de Economía
Política,  de  los  efectos  de  la  globalización  (Germain,  ed.,  2000;  Martínez
González-Tablas, 2000).
Por último, la escuela post-moderna rechaza el planteamiento científico
en el campo social y se limita a denunciar las relaciones de poder inherentes a
todo proceso de conocimiento y a toda forma de comunicación.
3.3. Un balance crítico
La EPI convencional no ha resistido bien los embates de la globalización.
La  EPI  estadounidense  no  marxista  (neo-realismo,  neo-liberalismo,  síntesis  o
fusión)  presenta  algunos  inconvenientes  claros  en  la  era  de  la  globalización7.
Sus planteamientos descansan en la autonomía absoluta entre lo económico y lo
político  y  en  la  importancia  central  de  los  Estados  y  de  las  relaciones  inter-
estatales.
                                                               
7  La  EPI  “marxista”  ha  sido  objeto  de  innumerables  críticas  incluso  antes  de
iniciarse el proceso contemporáneo de globalización (véase Bustelo, 1998).
21
Difieren  simplemente  en  la  categoría  que  presenta  superioridad  (los
Estados  en  el  enfoque  neo-realista  de  Waltz  y  Gilpin;  los  mercados  en  el
enfoque  neo-liberal  de  Krasner  y  Young  y  los  Estados  y  otros  agentes  en  la
teoría  de  la  inderdependencia  compleja  de  Nye  y  Keohane).  Ni  siquiera  los
liberales han aceptado la tesis de que la creciente interdependencia económica
pone en cuestión la autoridad y la soberanía de los Estados (Krasner, 1994).
En cuanto a la EPI británica, ha hecho aportaciones de mayor interés. En
particular,    Strange    ha    criticado    la    importancia    otorgada,    por    la    EPI
estadounidense,  al  Estado,  a  su  poder  de  coerción  y  a  las  relaciones  inter-
estatales. Por el contrario, Strange ha defendido:
·   que el poder en el sistema mundial está descentralizado, de manera que el
Estado ya no es el centro de la estructura político-económica;
·   que el poder estatal es difuso (soft  power) y no un  hard  power  (basado  en  la
coerción);
·   que   la   regulación   del   sistema   económico   mundial   se   produce   como
resultado    de    la    negociación    (bargaining)    entre    Estados,    empresas
multinacionales,  organismos  internacionales,  zonas  de  integración  regional
y organizaciones no gubernamentales.
Sin embargo, la EPI británica convencional (y en particular, la aportación
de  Strange)  no  ha  sabido,  según  algunos  críticos,  superar  realmente  la  falsa
dicotomía  entre  lo  político  y  lo  económico  (esto  es,  reconstruir  una  Economía
Política   genuina)   y   aceptar   que   sigue   vigente   la   influencia   (si   bien
admisiblemente  cada  vez  menor)  de  los  Estados  en  el  orden  mundial.  En
particular,  las  últimas  aportaciones  de  Strange  (1996  y  1998b)  parecen  sugerir
un proceso en el que los mercados desbordan totalmente a los Estados.
Mirando  hacia  el  futuro,  la  globalización  puede  permitir  que  la  EPI
comience   a   alejarse   de   la   larga   sombra   de   la   teoría   de   las   relaciones
internacionales   (IR  theory)   y   se   convierta   en   un   campo   de   investigación
académica  por  derecho  propio.  Tal  proceso  puede  ser  el  resultado  de  los
siguientes postulados:
·   la globalización no es un proceso espontáneo e ineluctable resultante de las
fuerzas del mercado y de los avances técnicos sino un proceso construido y
reversible (moldeable o modelable) resultante de decisiones políticas;
·   no  existe  una  dicotomía  Estados   versus  mercados  sino  que  es  necesario
recuperar   una   Economía   Política   genuina,   esto   es,   basada   en   las
interrelaciones  dinámicas  entre  lo  Económico  y  lo  Político,  que  no  son
categorías  analíticas  distintas;  en  la  línea  de  Polanyi  (1944),  es  necesario
insistir  en  que  el  mercado  es  fundamentalmente  una  construcción  socio-
política y un mecanismo que necesita del Estado para mantenerse;
·   la  EPI  debe  ser  necesariamente  interdisciplinaria,  con  una  contribución  de
los politólogos que facilite entender que la Economía no es, por lo general,
lo suficientemente lúgubre (dismal) en lo relativo a la globalización (Higgott,
1999) y con una contribución de los economistas que permita comprender y
cuantificar los procesos económicos (Mansfield, 2000).
22
La  contribución  de  la  nueva  EPI,  como  disciplina  académica,  a  los
estudios   sobre   la   globalización   puede   ser,   por   tanto,   la   de   superar
definitivamente los dos grandes enfoques que se han hecho sobre ésta hasta la
fecha.  Por  una  parte,  existe  una  amplia  literatura  (denominada  en  ocasiones
globalista)  que  insiste  en  que  la  globalización  es  el  resultado  de  imperativos
económicos ineluctables y que tiene como efecto una disminución drástica del
poder  y  de  la  influencia  de  los  Estados.  Tal  enfoque  se  presenta  en  dos
variantes:  el  planteamiento  panglossiano  neo-liberal  que  anuncia  el  final  del
Estado  (Fukuyama,  Ohmae,  etc.)  y  un  enfoque  socialdemócrata  que  insiste  en
los  efectos  perniciosos  de  la  globalización  sobre  los  Estados  en  términos  de
retroceso drástico de su margen de maniobra en cuanto a impuestos, gastos o
representatividad  democrática  (Rodrik  desde  la  Economía  o  Cerny  desde  la
Ciencia   Política).   Por   otra   parte,   la   segunda   ola   de   estudios   sobre   la
globalización (de los autores escépticos) ha tendido a presentarla como un mito,
en la medida en que sería una mera reproducción o repetición de la primera ola
de  globalización  (1870-1914),  estaría  contenida  a  la  tríada  formada  por  EEUU,
Japón y Europa occidental y tendría como resultado, en el peor de los casos, la
necesidad (limitada) del Estado de ajustarse a la creciente internacionalización
de  las  finanzas  y  del  comercio:  en  suma,  no  habría  cambiado  nada  sustancial
(Hirst y Thompson, 1996; Doremus et al., 1998; Weiss, 1998).
La tercera ola de estudios sobre la globalización (véase Mittelman, 2001)
insiste que el la globalización actual no es tan importante ni tan novedosa como
suele   creerse.   No   obstante,   considera   que   supone   ciertamente   cambios
cualitativos fundamentales que provocan, no tanto una superación del Estado,
que  mantiene  cierto  margen  de  maniobra,  sino  una  merma  relativa  de  su
influencia.  Por  ejemplo,  la  creciente  movilidad  internacional  de  capitales
volátiles   ejerce   una   fuerte   restricción   sobre   la   autonomía   de   la   política
monetaria  y  genera  importantes  vulnerabilidades  en  los  sectores  financieros
nacionales, que son díficiles de combatir con la política económica. Pero eso no
significa que la influencia de los Estados y la importancia de la gobernabilidad
de la economía mundial hayan pasado a la historia.
4.  ¿Hacia  una  convergencia  entre  el  enfoque  de  la  regulación  y
la Economía Política Internacional?
En años recientes ha comenzado un diálogo e incluso una aproximación
entre  el  ER  y  la  EPI  crítica  o  heterodoxa  (la  EPI  ortodoxa  ni  siquiera  ha
mostrado interés por las aportaciones de los regulacionistas). Algunos ejemplos
son   los   trabajos   de   Kébadjian   (1998),   Palan   (1998),   Vidal   (1998)   y   más
recientemente Boyer (1999), Palombarini y Théret (2001) y Serfati (2001).
Palan (1998) ha defendido tres argumentos principales. En primer lugar,
la EPI crítica se ha inspirado en buena medida en el ER. En segundo término, el
ER no ha conseguido teorizar suficientemente lo internacional y, cuando lo ha
hecho,   se   ha   separado   de   su   enfoque   primigenio   y   se   ha   acercado
23
(unilateralmente)  a  la  EPI  convencional.  En  tercer  lugar,  la  EPI  crítica  y  el  ER
pueden  aproximarse  si  ambas  corrientes  consiguen  teorizar  lo  internacional
como un aspecto de una teoría general del cambio social.
Veamos  esas  tres  afirmaciones  con  algo  más  de  detalle.  Palan  (1998)
sostiene que los enfoques críticos de la EPI (R. Cox, K. Van der Pijl, J. Hirsch, S.
Strange, etc.) se han inspirado en el ER, especialmente en la llamada escuela de
Amsterdam,  en  las  aportaciones  de  los  neo-gramscianos  y  en  las  obras  de
Strange (por ejemplo, Strange, 1998a). Por otra parte, el autor insiste en algo ya
mencionado  anteriormente  en  estas  páginas:  las  dificultades  del  ER  para
extrapolar  al  campo  internacional  unos  conceptos  elaborados  para  realidades
nacionales.  Las  tesis  novedosas  de  Palan  son  que,  en  las  pocas  elaboraciones
teóricas  del  ER  al  respecto  (Mistral,  1986  o  Vidal,  1995),  se  percibe  tanto  un
alejamiento de los postulados primigenios del enfoque como un acercamiento a
la EPI convencional (Krasner, Kindleberger, Gilpin, etc.):
“la  teoría  de  lo  internacional  privilegiada  hoy  en  día  por  la
escuela  regulacionista  es  contradictoria  con  sus  fundamentos
filosóficos y epistemológicos” (Palan, 1998: 64) y
“la  tendencia  actual  en  ese  marco  teórico  es  la  de  tratar  lo
internacional        como        conceptualmente        secundario        y
cronológicamente posterior a las formas nacionales de regulación.
(…)   Tal   presentación   de   la   relación   entre   lo   nacional   y   lo
internacional es incorrecta, insatisfactoria y supone una regresión.
Además,     genera     efectos     secundarios     como     esa     extraña
aproximación,   ciertamente   unilateral,   entre   la   teoría   de   la
regulación y las teorías de tendencia neoclásica de lo internacional
propuestas por Krasner, Kindleberger y Gilpin” (Palan, 1998: 64).
Por  último,  el  autor  sugiere  que  el  diálogo  entre  la  EPI  crítica  y  el  ER
podría  desembocar  en  una  verdadera  aproximación  si  los  regulacionistas
potenciaran   los   estudios   sobre   la   dimensión   internacional   del   fordismo,
comprendiesen   mejor   los   factores   internacionales   de   la   crisis   de   éste   y
entendieran   que   la   globalización   es   el   resultado   de   las   contradicciones
inherentes a la internacionalización del fordismo.
En su respuesta a las tesis de Palan, Vidal (1998) se ha limitado a señalar
que  el  ER  sí  ha  insistido  en  la  dimensión  internacional  en  su  análisis  del
fordismo  y  de  la  crisis  de  éste  (por  ejemplo,  en  Vidal,  1989).  También  ha
señalado  dos  aspectos  de  desacuerdo  con  los  argumentos  de  Palan.  Por  una
parte, ha señalado que los enfoques de la EPI ortodoxa pueden ser útiles, entre
otras razones porque no es evidente que sean neoclásicos:
“los análisis de la EPI ortodoxa siguen siendo interesantes para la
teoría  de  la  regulación.  Por  una  parte,  [la  EPI]  define  el  régimen
internacional     como     un     conjunto     de     reglas,     normas     y
procedimientos   que   orientan   y   aseguran   la   cohesión   de   las
decisiones   de   los   agentes   internacionales.   Esa   definición   se
24
corresponde con la definición de las instituciones en la teoría de la
regulación.   No   estamos   seguros   que   pueda   calificarse   de
‘neoclásica’ a la teoría de los regímenes internacionales, como hace
R.   Palan.   Cuando   el   régimen   se   explica   por   la   potencia
hegemónica,  se  deriva  de  la  teoría  realista  de  las  relaciones
internacionales,   que   aplica   a   las   relaciones   entre   Estados   la
hipótesis  fundamental,  extraída  de  Hobbes,  de  que  cada  agente
está  potencialmente  en  guerra  con  todos  los  otros;  la  teoría
neoclásica  no  se  inscribe  en  la  filosofía  política  de  Hobbes  sino
más  bien  en  la  de  Locke,  según  el  cual  cada  agente  busca  su
interés personal y es capaz de comprender de dicho interés pasa
por un comercio, en sentido amplio, entre los individuos. Cuando
el régimen internacional se explica por el entendimiento bipolar o
multipolar entre Estados, descansa en la teoría de la racionalidad
limitada  de  H.  Simon  […],  que  no  es  nada  seguro  que  sea
neoclásica” (Vidal, 1998: 90-91).
Por  otra  parte,  Vidal  (1998)  subraya  que  hay  similitudes  importantes
entre los dos enfoques (la crítica a los presupuestos neoclásicos) pero también
diferencias  notables:  a  su  juicio,  la  EPI  (incluida  la  versión  crítica)  aborda  las
relaciones  económicas  internacionales  desde  el  punto  de  vista  de  la  Ciencia
Política   (esto   es,   con   un   planteamiento   funcionalista   de   las   instituciones)
mientras  que  el  enfoque  del  ER  es  económico,  es  decir,  se  interesa  por  la
producción,  distribución  y  uso  de  la  riqueza.  En  suma,  acepta  que  los
regulacionistas  han  teorizado  insuficientemente  los  aspectos  políticos  pero
subraya que la EPI radical no ha realizado suficientes análisis económicos.
Esta polémica puede parecer, a primera vista, un diálogo de sordos pero
contiene,  de  manera  explícita  o  implícita,  algunas  proposiciones  interesantes,
entre las que cabe subrayar las dos siguientes:
1.  Aunque  es  cierto  que  ambas  corrientes  (EPI  crítica  y  ER)  rechazan  la
separación  de  lo  económico  y  lo  político,  es  seguramente  verdad,  como
sostiene Palan (1998), que el ER en la versión de Mistral o Vidal ha supuesto
un  paso  atrás  respecto  de  los  planteamientos  primigenios  de  Aglietta  o
Lipietz y que esa versión mantiene que hay una distinción entre lo nacional
y  lo  internacional,  que  el  sistema  internacional  es  estable  y  coherente
(Mistral,  1986:  157)  y  que  la  unidad  adecuada  de  análisis  son  los  Estados
unitarios  de  los  que  emana  el  poder  (Mistral,  1986:  172).  El  ER  podría
progresar si rechaza dicha distinción y si acepta que el sistema internacional
es  inherentemente  inestable  y  que  la  unidad  adecuada  de  análisis  es  la
negociación entre diversos agentes estatales y no estatales;
2.  Es cierto, como sostiene Vidal (1998), que la EPI crítica aún no se ha alejado
de  la  sombra  de  la  teoría  de  las  relaciones  internacionales  y  que  sería
deseable   un   mayor   peso   del   análisis   económico   (en   aras   de   una
recuperación  o  reconstrucción  de  una  Economía  Política  genuina)  y  una
25
aceptación  del  margen  de  maniobra  de  los  Estados  –  que  todavía  existe,
aunque admisiblemente reducido – en la era de la globalización.
En  suma,  los  campos  en  los  que  el  diálogo  entre  el  ER  y  la  EPI  crítica
pueden ser fructíferos pueden enumerarse de la siguiente manera:
·   la  unidad  nacional-internacional:  el  ER  y  la  EPI  se  enfrentan  al  mismo
desafío,  el  de  poder  superar  la  dicotomía  habitual  y  falsa  entre  economía
nacional y economía internacional:
“en la perspectiva centrada en lo nacional, que hasta el momento
ha sido privilegiada en la teoría de la regulación, lo internacional
es  tratado  como  una  ‘restricción  externa’  y  como  un  campo  de
estudio separado del de la red de las economías nacionales. A la
inversa,  en  la  óptica  de  la  EPI,  centrada  bien  en  el  Estado
(realismo)  como  en  el  individuo  (liberalismo),  las  economías
nacionales no tienen importancia” (Kébadjian, 1998: 124);
·   el  carácter  inestable  y  en  ocasiones  incoherente  del  sistema  internacional:
hay que rechazar por tanto la tesis de la estabilidad hegemónica retomada
por   Mistral   (1986)   e   insistir   en   la   inviabilidad   del   tipo   vigente   de
globalización financiera, tanto por razones estrictamente económicas (Boyer,
1999; véase supra) como por motivos políticos y sociales:
“el dominio actual del capital financiero, junto con la ‘hegemonía’
de  Estados  Unidos,  no  generan  estabilidad  sino  que  muchos
países  e  incluso  regiones  enteras  acaben  sumidos  en  el  caos  y  la
violencia” (Serfati, 2001: 7);
·   un   sistema   internacional   configurado   en   virtud   de   la   negociación
(ciertamente  asimétrica)  entre  agentes  estatales  y  entre  éstos  y  agentes  no
estatales, en lugar de un régimen internacional debido a la estricta coerción
interestatal.    Los    agentes    principales    de    las    relaciones    económicas
internacionales no son los Estados y menos aún unos Estados contemplados
como agentes políticos soberanos y racionales cuyas actuaciones responden
sólo a una lógica de poder;
·   la  necesidad  de  un  mayor  peso  del  análisis  económico  en  la  EPI  y  del
análisis político en el ER (con miras a crear un Economía Política genuina,
como han sugerido Palombarini y Théret, 2001);
·   la  aceptación  de  que  existen  aún  margen  de  maniobra  del  Estado:  no  hay
desaparición del Estado-nación como consecuencia de la globalización sino
sólo una merma relativa de su capacidad de influencia;
·   el mantenimiento de la disparidad de las economías nacionales, de manera
que no existe convergencia de los modelos de desarrollo (Boyer, 2001), salvo
en   el   sometimiento   de   todos   ellos   a   las   exigencias   del   mercado,
sometimiento  que  no  unifica  al  mundo  sino  que  en  realidad  se  manifiesta
reforzando las diferencias entre las formas institucionales del capitalismo.
26
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